No podemos vivir sin el celular
¿Puede pasar siete días sin su teléfono celular? La BBC realizó un experimento en el que siete valientes lectores aceptaron apagar su móvil por una semana.
Al final, la prueba fue de resistencia y, para más de uno, de franca ansiedad.
De los siete participantes, dos tiraron la toalla antes de tiempo, porque, como admitió uno de ellos: "no podemos vivir sin el celular, así como no podemos vivir sin la electricidad".
El ejercicio también dejó saldos de reflexión sobre los hábitos que la tecnología genera en el comportamiento diario y la capacidad personal de recobrar los espacios de silencio perdidos.
Estos son algunos de los comentarios que expresaron quienes participaron de la experiencia:
"No pude más"
Omar Díaz, 24 años, estudiante en República Dominicana, mantuvo su celular apagado pese a la muerte de su abuelo. Pero una beca de estudios lo hizo encenderlo dos días antes del plazo fijado.
"Me facilita las cosas más de lo que pensaba"
Patricia Anariva, 25 años, reportera de un diario en Honduras, llegó tarde a una grabación y se perdió de ver a una amiga. Al final, también encendió el móvil antes de tiempo.
"Siento que me hace falta algo"
Para Víctor Bocardo, 49 años, conductor de un programa de radio en Chiapas, México, fue una prueba de resistencia y en alguna ocasión se la pasó buscando una caseta telefónica que funcionara.
"Es una necesidad creada"
Helena Maso, 36 años, diseñadora gráfica en Venezuela, dejó su móvil apagado por siete días sin avisarle a nadie. Cuando su hijo llegó un poco más tarde de lo normal, recurrió en el apuro al celular de su madre.
"No soy muy adicta"
Judith Kusevitzky, abogada argentina de 45 años, siempre tuvo al alcance el móvil, "por las dudas". Concluyó que sólo lo necesita para emergencias o para sacar fotos.
"Mi hijo se ríe de mí"
Patricia Martínez, madre de familia en Argentina, entregó el celular a su hijo mayor, Hernán, quien "por nada del mundo" se lo cedió durante los siete días.
De las opiniones vertidas en un foro que planteaba esta problemática, rescato las siguientes reflexiones:
- Ese aparato se ha vuelto una presencia tan invasiva en la vida de las personas que un ayuno autoimpuesto llega a parecer una locura.
- La llamada que entra a un móvil no puede esperar nunca. Corremos al menor "ring", o a la vibración del aparato en nuestros bolsillos. Creo que se genera una descortesía en gran medida inconsciente y además impune: nadie parece cuestionarlo.
- Sostengo ahora que hay más estrés, no en tener el celular apagado, sino en tenerlo encendido todo el tiempo, "por si acaso". Se nos va una buena cantidad de energía y tensión en estar pendiente de si sonó, vibró o está cargado.
- Hemos dejado de ejercitar nuestra memoria, para cedérsela a un aparatito que necesita pilas.
Finalmente, es una tecnología que ya ha transformado nuestros hábitos y que, por otra parte, empieza a hacer mucho bien en proyectos de desarrollo en comunidades marginadas.
¿Adictos? Puede haberlos, como los que se llevan el móvil hasta la tina de baño, pero, si me remito a la experiencia vivida estos siete días, el teléfono celular llegó para facilitarnos la vida, aunque eso no necesariamente signifique rendirnos a la presión publicitaria que acostumbra martillear con cada producto: "no puedes vivir la vida sin mí". .
Sergio Acosta
BBC Mundo
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